Cuando salgo de casa mamá me dice que me cuide mucho y que tenga cuidado porque en la calle todo está peligrosamente peligroso. Pero a veces no nos damos cuenta de que los peligros se encuentran presente en todo lo que nos rodea como complemento perfecto de nuestra vida.
Hace unos meses entré a trabajar a un Mini Market porque ya estaba cansado de que mis padres me recuerden siempre que ya iba siendo hora de que me ocupe en algo para quitar de mi esa estampa de vago profesional cuando en realidad yo solo era un vago aficionado. No pondré el nombre del lugar en el que trabajo para no hacerles publicidad y porque lo que me pagan es una miseria miserable que solo me alcanza para respirar y darle respiro a mis padres como para promocionarlos gratis. Mi ocupaciones es sencilla: atender al público - como un vendedor bonachón - y encargarme de mantener mi sección - que es casi todo el lugar - en completo orden. Y hago todo eso en contra de mis principios y por pura necesidad de cayar a mis progenitores porque, sépanlo, siempre he detestado la atención al público por eso de que la mayoría nunca esta contenta con lo que uno les ofrece y porque siempre tienen un por qué difícil de contestar.
Siempre he sentido que mi vida vale mucho, y así me lo hicieron creer las personas con las que tengo una relación amical las veces que puedo tener relaciones amicales físicas por eso de que ahora con la maravilla de la internet uno puedo relacionarce hasta con los muertos. -Hans, tú vales mucho - me decia Aurelia cuando era niño y me lo dijo conforme fui creciendo. Sin embargo, hoy todo el vales mucho se perdió en unos minutos cronometrados cuando un andamio mal puesto y lleno de bebidas de plástico y de vidrio se me vino encima cuando acomodaba las botellas por tamaños y precios. - Las más grandes arriba - me decía siempre el jefe con esa voz autoritaria que a mi me daba risa porque su voz a parte de ser autoritaria era de lo mas chillona posible. Y ese fue el error matemático que yo advertí pero que a la vez ignoré: que el peso de las botellas más grandes inclinó el andamio unos grados hacia abajo haciendo que sediera gracias a que existe la gravedad. Y terminó por caerce en un efecto dominó que si no fuera por mi un reflejo de protección propia no la contaría, y es que, al darme cuenta de que la ola de botellas se me venia encima recordé algunas clases de física que nunca entendí y actué como nunca entendi para detener con mis manos las vigas del andamio y con mi cabeza amortiguar la caída de algunas botellas de plástico, las cuales a su vez por haber caído primero amortiguaron la caída de las botellas de vidrio haciendo menor la destrucción.
Todo pasó, las botellas en el piso, yo sosteniendo el andamio para que no caiga sobre la congeladora, el jefe entrando a ver lo sucedido, su hija persignandose y otra vez yo ahora preguntándome a qué hora me ayudarían y dejarían de preguntar que qué era lo que había pasado cuando era tan evidente. Todo terminó, solo me preguntaron si estaba bien y cerramos el mini market que afortunadamente en el momento de lo sucedido estaba vacío. Y mientras recogíamos todo a la velocidad de la luz los jefes se lamentaban por las cuantas botellas que se hecharon a perder mientras nadie se lamentaba por mi. Y es que hoy he comprendido que mi vida vale menos de cinco soles
lunes, 27 de diciembre de 2010
miércoles, 15 de diciembre de 2010
Nunca nadie hablará de mi
A veces me pregunto si esque habrá alguien que algún día hable de mi, pero que no hable de mi como quien pregunta por el pan o por la noticia del dia, si no, que hable de mi resaltando mis cualidades y mis grandes defectos y que escriba de mi con ternura o con odio y que siempre me tenga presente antes de dormir y despues de despertarse como si yo fuera un tema interesantisimo de conversación y meditación.
Pero se que eso no es posible. Aunque recuerdo que alguna vez algunas amigas mias escribieron algo muy breve sobre algunas virtudes mías que yo siempre he negado, y lo hicieron solo como mención para no dejarme fuera de la lista de personajes a los cuales también mencionaron en eso que escribieron hace ya algún tiempo.
A veces quisiera despertar, y ver con mis ojos casi ciegos, que las personas a las cuales quiero y de las cuales hablo mucho porque las quiero han escrito algo exclusivamente dedicado a mi y para mi y en honor a mi. Y no es que yo sea un petulante y que quiera estar presente en todo lo que los mios hacen porque yo me concidero una de las personas más humildes - y humilde en todo el sentido de la palabra - que hay en el mundo, si no que quisiera sentir que estoy equivocado y que también puedo ser parte de la vida letrada de mis amigos orales. Nunca nadie hablará de mi más que para preguntar si hice eso o aquello, o para saber si sigo vivo o si ya me dejé vencer por la traicionera muerte. Y es muy seguro que cada vez que pregunten o hablen de mi sea porque hice algo sin darme cuenta que les llamó la atención y que les hizo cuestionarce un poco sobre mi presencia.
No pido que alguien escriba de mi, ni que me mencionen en sus oraciones, ni que me usen como tema de conversación, ni que hablen de mi solo porque quieren saber si soy parte del chisme o que se acuerden de mi solo porque escribo y porque tengo presencia en el día a día de la red y es que no quiero que alguien haga algo por mi ahora que ya dije lo que quiero. Nunca nadie hablará de mi a menos que yo hable de ellos.
Pero se que eso no es posible. Aunque recuerdo que alguna vez algunas amigas mias escribieron algo muy breve sobre algunas virtudes mías que yo siempre he negado, y lo hicieron solo como mención para no dejarme fuera de la lista de personajes a los cuales también mencionaron en eso que escribieron hace ya algún tiempo.
A veces quisiera despertar, y ver con mis ojos casi ciegos, que las personas a las cuales quiero y de las cuales hablo mucho porque las quiero han escrito algo exclusivamente dedicado a mi y para mi y en honor a mi. Y no es que yo sea un petulante y que quiera estar presente en todo lo que los mios hacen porque yo me concidero una de las personas más humildes - y humilde en todo el sentido de la palabra - que hay en el mundo, si no que quisiera sentir que estoy equivocado y que también puedo ser parte de la vida letrada de mis amigos orales. Nunca nadie hablará de mi más que para preguntar si hice eso o aquello, o para saber si sigo vivo o si ya me dejé vencer por la traicionera muerte. Y es muy seguro que cada vez que pregunten o hablen de mi sea porque hice algo sin darme cuenta que les llamó la atención y que les hizo cuestionarce un poco sobre mi presencia.
No pido que alguien escriba de mi, ni que me mencionen en sus oraciones, ni que me usen como tema de conversación, ni que hablen de mi solo porque quieren saber si soy parte del chisme o que se acuerden de mi solo porque escribo y porque tengo presencia en el día a día de la red y es que no quiero que alguien haga algo por mi ahora que ya dije lo que quiero. Nunca nadie hablará de mi a menos que yo hable de ellos.
lunes, 13 de diciembre de 2010
No señor, se me fue el agua
Cuando era niño mi madre siempre me decía que no había nada mejor que ayudar a las personas que más lo necesitan así no sepamos quienes son porque así tendría más sentido y razón que nos ayuden si alguna vez necesitamos algo si lo pedimos. Mi padre en cambio nunca me dijo ninguna palabra como la que me decía mi madre y más bien no le importaba nada la los problemas de los demás más que nosotros mismos porque eramos su familia y porque siempre tuvo que pensar como hacer para alimentar cinco hijos que ya no pedian teta. Hoy tiré por la borda todos los concejos de mi madre; los cuales seguí al pie de la letra cuando hubo ocación y empecé a pensar como mi padre: tan egoísta y cretinamente que hasta merecería la pena de muerte.
Un hombre tocó la puerta de mi casa, sin ganas y con mucha sed. Supe que tocó el umbral sin ganas porque a las justas y se escuchó los golpes sobre la madera y supe que con mucha sed porque ni bien abrí la puerta un hombre con los ojos hundidos y con los labios resecos me pidió, con una voz ronca y seca, que le llene un poco de agua en una bolza que tenía en las manos para refrescarse del calor que hacia hoy con más fuerza, aunque yo no sentía tanto calor porque estaba dentro de mi casa y porque estaba protegido del sol gracias a que tenia un techo sobre mi. Pero aquel hombre de apariencia cansada y ropa harapienta me decía con su mirada que afuera el sol era incandescente e infernal y que si tenía sed era porque se la habia pasado caminando todo el día en busca de un pan que llevarce a la boca y que si estaba cansado era porque el pan que se habia llevado a la boca estaba seco - como el clima - y que masticar un pan seco fatiga la mandíbula y que necesitaba rehidratarce antes de que oscurezca para que pueda llegar a su casa y tenderce sobre su cama de pasto y ampararce bajo la sombra de un árbol.
Me pidió un poco de agua para calmar su garraspera con el POR FAVOR más educado que me habían dicho en toda mi vida - sorprendido quedé al ver que un pobre diablo tenía más educación que mis amigos universitarios - y sin embargo yo dejé que su sed se prolongue quién sabe por cuántas casas más porque le dije NO SEÑOR amparándome en la noticia que escuché temprano en la que decían que en mi distrito y otros más se cortaría el servicio de agua potable. "No señor, se me fue el agua" le dije con la más grande desconfianza y con el menor remordimiento de negarle un poco de agua a un ser que seguramente dentro de todo tiene una vida menos miserable que la mía, teniendo en cuenta que ahora he caído demaciado bajo al negar un baso de agua y más bajo al mentirle a alguien diciéndole que se cortó el servicio potable.
Siguió con su sed en la garganta, con la boca casi seca y con la saliba en proceso de evaporación y se dio cuenta de mi desconfianza y me miró con más atención y así se quedó por un buen tiempo hasta que soltó su: "BUENO, GRACIAS DE TODOS MODOS, GRACIAS Y PERDÓN POR MOLESTAR" mucho más educado que el por favor que soltó al principio. Y se retiró y yo cerré la puerta y empecé a sentirme miserable
Un hombre tocó la puerta de mi casa, sin ganas y con mucha sed. Supe que tocó el umbral sin ganas porque a las justas y se escuchó los golpes sobre la madera y supe que con mucha sed porque ni bien abrí la puerta un hombre con los ojos hundidos y con los labios resecos me pidió, con una voz ronca y seca, que le llene un poco de agua en una bolza que tenía en las manos para refrescarse del calor que hacia hoy con más fuerza, aunque yo no sentía tanto calor porque estaba dentro de mi casa y porque estaba protegido del sol gracias a que tenia un techo sobre mi. Pero aquel hombre de apariencia cansada y ropa harapienta me decía con su mirada que afuera el sol era incandescente e infernal y que si tenía sed era porque se la habia pasado caminando todo el día en busca de un pan que llevarce a la boca y que si estaba cansado era porque el pan que se habia llevado a la boca estaba seco - como el clima - y que masticar un pan seco fatiga la mandíbula y que necesitaba rehidratarce antes de que oscurezca para que pueda llegar a su casa y tenderce sobre su cama de pasto y ampararce bajo la sombra de un árbol.
Me pidió un poco de agua para calmar su garraspera con el POR FAVOR más educado que me habían dicho en toda mi vida - sorprendido quedé al ver que un pobre diablo tenía más educación que mis amigos universitarios - y sin embargo yo dejé que su sed se prolongue quién sabe por cuántas casas más porque le dije NO SEÑOR amparándome en la noticia que escuché temprano en la que decían que en mi distrito y otros más se cortaría el servicio de agua potable. "No señor, se me fue el agua" le dije con la más grande desconfianza y con el menor remordimiento de negarle un poco de agua a un ser que seguramente dentro de todo tiene una vida menos miserable que la mía, teniendo en cuenta que ahora he caído demaciado bajo al negar un baso de agua y más bajo al mentirle a alguien diciéndole que se cortó el servicio potable.
Siguió con su sed en la garganta, con la boca casi seca y con la saliba en proceso de evaporación y se dio cuenta de mi desconfianza y me miró con más atención y así se quedó por un buen tiempo hasta que soltó su: "BUENO, GRACIAS DE TODOS MODOS, GRACIAS Y PERDÓN POR MOLESTAR" mucho más educado que el por favor que soltó al principio. Y se retiró y yo cerré la puerta y empecé a sentirme miserable
viernes, 10 de diciembre de 2010
El hombre que llevaba al Perú en sus entrañas
Desde que escuché a don Mario Vargas Llosa decir que al Perú lo llevaba en las entrañas quise escribir algo con esa frase casi tan impactante y bella como la que dijo al referirse a su esposa Patricia :" Patricia es el Perú". Dijo una frase tan simple como genial, la cual a todos nos hubiese gustado decir en alguna ocación memorable a la persona que más estimamos y a la cual respetamos desde las entrañas pero que nunca pudimos decir - al menos yo no - porque no la habíamos pensado. Suspiré enamorado de cada palabra que su virtuosa mano había plasmado en cada hoja de papel que leyó en su discurso pre entrega del Nobel de Literatura. Suspiré y tuve envidia - debo admitirlo con hidalguía - de saber que tal vez nunca yo pueda escribir al menos un párrafo que intente superar de cerca aquel bellísimo discurso en el que las emociones eran mutaciones fantásticas de palabras pensadas con la más sutil astucia.
Es peruano, casi fue presidente; y este "casi fue presidente" creo yo es la mancha de tinta en su perfil. Porque, señores, el Nobel nació para lograr todo lo que se propuso y todo lo que no se propuso pero que al final le cayó encima como buena bendición. Porque un "casi fue presidente" no se deberíaa de aplicar a un hombre como él que es la viva imagen del éxito. Sin embargo al igual que él coincido en que de haber llegado al gobierno no hubiera logrado ni la mitad de lo que ya ha logrado porque sin darce cuenta se hubiera dejado carcomer por esa costra que es la politiqueria porque por más culto que el sea siempre biene el diablo disfrazado de diplomático para tentarlo a uno.
Es peruano, señores, y español por herencia también, y es - además - miembro de ese mundillo selecto de personajes hechos para dejar marca, en su caso una marca de color rojo y blanco. Su discurso a parte de resaltar el hecho de que la literatura es una parte importante de la vida y la vida misma a sido el mensaje más memorable para cautivar la mente y el pensamiento de los que siempre han pensado que no todo es bueno en esta vida. Cada uno interpreta las cosas a su modo, porque somos libres e independientes de las ideas de los demás, pero no todos aciertan en lo real de la fantasía que es nuestra vida.
Es peruano, casi fue presidente; y este "casi fue presidente" creo yo es la mancha de tinta en su perfil. Porque, señores, el Nobel nació para lograr todo lo que se propuso y todo lo que no se propuso pero que al final le cayó encima como buena bendición. Porque un "casi fue presidente" no se deberíaa de aplicar a un hombre como él que es la viva imagen del éxito. Sin embargo al igual que él coincido en que de haber llegado al gobierno no hubiera logrado ni la mitad de lo que ya ha logrado porque sin darce cuenta se hubiera dejado carcomer por esa costra que es la politiqueria porque por más culto que el sea siempre biene el diablo disfrazado de diplomático para tentarlo a uno.
Es peruano, señores, y español por herencia también, y es - además - miembro de ese mundillo selecto de personajes hechos para dejar marca, en su caso una marca de color rojo y blanco. Su discurso a parte de resaltar el hecho de que la literatura es una parte importante de la vida y la vida misma a sido el mensaje más memorable para cautivar la mente y el pensamiento de los que siempre han pensado que no todo es bueno en esta vida. Cada uno interpreta las cosas a su modo, porque somos libres e independientes de las ideas de los demás, pero no todos aciertan en lo real de la fantasía que es nuestra vida.
jueves, 9 de diciembre de 2010
Elogio de la lectura y la ficción (Mario Vargas Llosa)
Estocolmo, 7 de diciembre de 2010.
Aprendí a leer a los cinco años, en la clase del hermano Justiniano, en el Colegio de la Salle, en Cochabamba (Bolivia). Es la cosa más importante que me ha pasado en la vida. Casi setenta años después recuerdo con nitidez cómo esa magia, traducir las palabras de los libros en imágenes, enriqueció mi vida, rompiendo las barreras del tiempo y del espacio y permitiéndome viajar con el capitán Nemo veinte mil leguas de viaje submarino, luchar junto a d’Artagnan, Athos, Portos y Aramís contra las intrigas que amenazan a la Reina en los tiempos del sinuoso Richelieu, o arrastrarme por las entrañas de París, convertido en Jean Valjean, con el cuerpo inerte de Marius a cuestas.
La lectura convertía el sueño en vida y la vida en sueño y ponía al alcance del pedacito de hombre que era yo el universo de la literatura. Mi madre me contó que las primeras cosas que escribí fueron continuaciones de las historias que leía pues me apenaba que se terminaran o quería enmendarles el final. Y acaso sea eso lo que me he pasado la vida haciendo sin saberlo: prolongando en el tiempo, mientras crecía, maduraba y envejecía, las historias que llenaron mi infancia de exaltación y de aventuras.
Me gustaría que mi madre estuviera aquí, ella que solía emocionarse y llorar leyendo los poemas de Amado Nervo y de Pablo Neruda, y también el abuelo Pedro, de gran nariz y calva reluciente, que celebraba mis versos, y el tío Lucho que tanto me animó a volcarme en cuerpo y alma a escribir aunque la literatura, en aquel tiempo y lugar, alimentara tan mal a sus cultores. Toda la vida he tenido a mi lado gentes así, que me querían y alentaban, y me contagiaban su fe cuando dudaba. Gracias a ellos y, sin duda, también, a mi terquedad y algo de suerte, he podido dedicar buena parte de mi tiempo a esta pasión, vicio y maravilla que es escribir, crear una vida paralela donde refugiarnos contra la adversidad, que vuelve natural lo extraordinario y extraordinario lo natural, disipa el caos, embellece lo feo, eterniza el instante y torna la muerte un espectáculo pasajero.
No era fácil escribir historias. Al volverse palabras, los proyectos se marchitaban en el papel y las ideas e imágenes desfallecían. ¿Cómo reanimarlos? Por fortuna, allí estaban los maestros para aprender de ellos y seguir su ejemplo. Flaubert me enseñó que el talento es una disciplina tenaz y una larga paciencia. Faulkner, que es la forma –la escritura y la estructura– lo que engrandece o empobrece los temas. Martorell, Cervantes, Dickens, Balzac, Tolstoi, Conrad, Thomas Mann, que el número y la ambición son tan importantes en una novela como la destreza estilística y la estrategia narrativa. Sartre, que las palabras son actos y que una novela, una obra de teatro, un ensayo, comprometidos con la actualidad y las mejores opciones, pueden cambiar el curso de la historia. Camus y Orwell, que una literatura desprovista de moral es inhumana y Malraux que el heroísmo y la épica cabían en la actualidad tanto como en el tiempo de los argonautas, la Odisea y la Ilíada. Si convocara en este discurso a todos los escritores a los que debo algo o mucho sus sombras nos sumirían en la oscuridad. Son innumerables. Además de revelarme los secretos del oficio de contar, me hicieron explorar los abismos de lo humano, admirar sus hazañas y horrorizarme con sus desvaríos. Fueron los amigos más serviciales, los animadores de mi vocación, en cuyos libros descubrí que, aun en las peores circunstancias, hay esperanzas y que vale la pena vivir, aunque fuera sólo porque sin la vida no podríamos leer ni fantasear historias.
Algunas veces me pregunté si en países como el mío, con escasos lectores y tantos pobres, analfabetos e injusticias, donde la cultura era privilegio de tan pocos, escribir no era un lujo solipsista. Pero estas dudas nunca asfixiaron mi vocación y seguí siempre escribiendo, incluso en aquellos períodos en que los trabajos alimenticios absorbían casi todo mi tiempo. Creo que hice lo justo, pues, si para que la literatura florezca en una sociedad fuera requisito alcanzar primero la alta cultura, la libertad, la prosperidad y la justicia, ella no hubiera existido nunca. Por el contrario, gracias a la literatura, a las conciencias que formó, a los deseos y anhelos que inspiró, al desencanto de lo real con que volvemos del viaje a una bella fantasía, la civilización es ahora menos cruel que cuando los contadores de cuentos comenzaron a humanizar la vida con sus fábulas. Seríamos peores de lo que somos sin los buenos libros que leímos, más conformistas, menos inquietos e insumisos y el espíritu crítico, motor del progreso, ni siquiera existiría. Igual que escribir, leer es protestar contra las insuficiencias de la vida. Quien busca en la ficción lo que no tiene, dice, sin necesidad de decirlo, ni siquiera saberlo, que la vida tal como es no nos basta para colmar nuestra sed de absoluto, fundamento de la condición humana, y que debería ser mejor. Inventamos las ficciones para poder vivir de alguna manera las muchas vidas que quisiéramos tener cuando apenas disponemos de una sola.
Sin las ficciones seríamos menos conscientes de la importancia de la libertad para que la vida sea vivible y del infierno en que se convierte cuando es conculcada por un tirano, una ideología o una religión. Quienes dudan de que la literatura, además de sumirnos en el sueño de la belleza y la felicidad, nos alerta contra toda forma de opresión, pregúntense por qué todos los regímenes empeñados en controlar la conducta de los ciudadanos de la cuna a la tumba, la temen tanto que establecen sistemas de censura para reprimirla y vigilan con tanta suspicacia a los escritores independientes. Lo hacen porque saben el riesgo que corren dejando que la imaginación discurra por los libros, lo sediciosas que se vuelven las ficciones cuando el lector coteja la libertad que las hace posibles y que en ellas se ejerce, con el oscurantismo y el miedo que lo acechan en el mundo real. Lo quieran o no, lo sepan o no, los fabuladores, al inventar historias, propagan la insatisfacción, mostrando que el mundo está mal hecho, que la vida de la fantasía es más rica que la de la rutina cotidiana. Esa comprobación, si echa raíces en la El Sur, el urbano doctor Juan Dahlmann sale de aquella pulpería de la pampa a enfrentarse al cuchillo de un matón, o advertimos que todos los pobladores de Comala, el pueblo de Pedro Páramo, están muertos, el estremecimiento es semejante en el lector que adora a Buda, Confucio, Cristo, Alá o es un agnóstico, vista saco y corbata, chilaba, kimono o bombachas. La literatura crea una fraternidad dentro de la diversidad humana y eclipsa las fronteras que erigen entre hombres y mujeres la ignorancia, las ideologías, las religiones, los idiomas y la estupidez. sensibilidad y la conciencia, vuelve a los ciudadanos más difíciles de manipular, de aceptar las mentiras de quienes quisieran hacerles creer que, entre barrotes, inquisidores y carceleros viven más seguros y mejor.
La buena literatura tiende puentes entre gentes distintas y, haciéndonos gozar, sufrir o sorprendernos, nos une por debajo de las lenguas, creencias, usos, costumbres y prejuicios que nos separan. Cuando la gran ballena blanca sepulta al capitán Ahab en el mar, se encoge el corazón de los lectores idénticamente en Tokio, Lima o Tombuctú. Cuando Emma Bovary se traga el arsénico, Anna Karenina se arroja al tren y Julián Sorel sube al patíbulo, y cuando, en El Sur, el urbano doctor Juan Dahlmann sale de aquella pulpería de la pampa a enfrentarse al cuchillo de un matón, o advertimos que todos los pobladores de Comala, el pueblo de Pedro Páramo, están muertos, el estremecimiento es semejante en el lector que adora a Buda, Confucio, Cristo, Alá o es un agnóstico, vista saco y corbata, chilaba, kimono o bombachas. La literatura crea una fraternidad dentro de la diversidad humana y eclipsa las fronteras que erigen entre hombres y mujeres la ignorancia, las ideologías, las religiones, los idiomas y la estupidez.
Como todas las épocas han tenido sus espantos, la nuestra es la de los fanáticos, la de los terroristas suicidas, antigua especie convencida de que matando se gana el paraíso, que la sangre de los inocentes lava las afrentas colectivas, corrige las injusticias e impone la verdad sobre las falsas creencias. Innumerables víctimas son inmoladas cada día en diversos lugares del mundo por quienes se sienten poseedores de verdades absolutas. Creíamos que, con el desplome de los imperios totalitarios, la convivencia, la paz, el pluralismo, los derechos humanos, se impondrían y el mundo dejaría atrás los holocaustos, genocidios, invasiones y guerras de exterminio. Nada de eso ha ocurrido. Nuevas formas de barbarie proliferan atizadas por el fanatismo y, con la multiplicación de armas de destrucción masiva, no se puede excluir que cualquier grupúsculo de enloquecidos redentores provoque un día un cataclismo nuclear. Hay que salirles al paso, enfrentarlos y derrotarlos. No son muchos, aunque el estruendo de sus crímenes retumbe por todo el planeta y nos abrumen de horror las pesadillas que provocan. No debemos dejarnos intimidar por quienes quisieran arrebatarnos la libertad que hemos ido conquistando en la larga hazaña de la civilización. Defendamos la democracia liberal, que, con todas sus limitaciones, sigue significando el pluralismo político, la convivencia, la tolerancia, los derechos humanos, el respeto a la crítica, la legalidad, las elecciones libres, la alternancia en el poder, todo aquello que nos ha ido sacando de la vida feral y acercándonos –aunque nunca llegaremos a alcanzarla– a la hermosa y perfecta vida que finge la literatura, aquella que sólo inventándola, escribiéndola y leyéndola podemos merecer. Enfrentándonos a los fanáticos homicidas defendemos nuestro derecho a soñar y a hacer nuestros sueños realidad. En mi juventud, como muchos escritores de mi generación, fui marxista y creí que el socialismo sería el remedio para la explotación y las injusticias sociales que arreciaban en mi país, América Latina y el resto del Tercer Mundo. Mi decepción del estatismo y el colectivismo y mi tránsito hacia el demócrata y el liberal que soy –que trato de ser– fue largo, difícil, y se llevó a cabo despacio y a raíz de episodios como la conversión de la Revolución Cubana, que me había entusiasmado al principio, al modelo autoritario y vertical de la Unión Soviética, el testimonio de los disidentes que conseguía escurrirse entre las alambradas del Gulag, la invasión de Checoeslovaquia por los países del Pacto de Varsovia, y gracias a pensadores como Raymond Aron, Jean-François Revel, Isaiah Berlin y Karl Popper, a quienes debo mi revalorización de la cultura democrática y de las sociedades abiertas. Esos maestros fueron un ejemplo de lucidez y gallardía cuando la
De niño soñaba con llegar algún día a París porque, deslumbrado con la literatura francesa, creía que vivir allí y respirar el aire que respiraron Balzac, Stendhal, Baudelaire, Proust, me ayudaría a convertirme en un verdadero escritor, que si no salía del Perú sólo sería un seudo escritor de días domingos y feriados. Y la verdad es que debo a Francia, a la cultura francesa, enseñanzas inolvidables, como que la literatura es tanto una vocación como una disciplina, un trabajo y una terquedad. Viví allí cuando Sartre y Camus estaban vivos y escribiendo, en los años de Ionesco, Beckett, Bataille y Cioran, del descubrimiento del teatro de Brecht y el cine de Ingmar Bergman, el TNP de Jean Vilar y el Odéon de Jean Louis Barrault, de la Nouvelle Vague y le Nouveau Roman y los discursos, bellísimas piezas literarias, de André Malraux, y, tal vez, el espectáculo más teatral de la Europa de aquel tiempo, las conferencias de prensa y los truenos olímpicos del general de Gaulle. Pero, acaso, lo que más le agradezco a Francia sea el descubrimiento de América Latina. Allí aprendí que el Perú era parte de una vasta comunidad a la que hermanaban la historia, la geografía, la problemática social y política, una cierta manera de ser y la sabrosa lengua en que hablaba y escribía. Y que en esos mismos años producía una literatura novedosa y pujante. Allí leí a Borges, a Octavio Paz, Cortázar, García Márquez, Fuentes, Cabrera Infante, Rulfo, Onetti, Carpentier, Edwards, Donoso y muchos otros, cuyos escritos estaban revolucionando la narrativa en lengua española y gracias a los cuales Europa y buena parte del mundo descubrían que América Latina no era sólo el continente de los golpes de Estado, los caudillos de opereta, los guerrilleros barbudos y las maracas del mambo y el chachachá, sino también ideas, formas artísticas y fantasías literarias que trascendían lo pintoresco y hablaban un lenguaje universal. De entonces a esta época, no sin tropiezos y resbalones, América Latina ha ido progresando, aunque, como decía el verso de César Vallejo, todavía
Nunca me he sentido un extranjero en Europa, ni, en verdad, en ninguna parte. En todos los lugares donde he vivido, en París, en Londres, en Barcelona, en Madrid, en Berlín, en Washington, Nueva York, Brasil o la República Dominicana, me sentí en mi casa. Siempre he hallado una querencia donde podía vivir en paz y trabajando, aprender cosas, alentar ilusiones, encontrar amigos, buenas lecturas y temas para escribir. No me parece que haberme convertido, sin proponérmelo, en un ciudadano del mundo, haya debilitado eso que llaman "las raíces", mis vínculos con mi propio país –lo que tampoco tendría mucha importancia–, porque, si así fuera, las experiencias peruanas no seguirían alimentándome como escritor y no asomarían siempre en mis historias, aun cuando éstas parezcan ocurrir muy lejos del Perú. Creo que vivir tanto tiempo fuera del país donde nací ha fortalecido más bien aquellos vínculos, añadiéndoles una perspectiva más lúcida, y la nostalgia, que sabe diferenciar lo adjetivo y lo sustancial y mantiene reverberando los recuerdos. El amor al país en que uno nació no puede ser obligatorio, sino, al igual que cualquier otro amor, un movimiento espontáneo del corazón, como el que une a los amantes, a padres e hijos, a los amigos entre sí.
Al Perú yo lo llevo en las entrañas porque en él nací, crecí, me formé, y viví aquellas experiencias de niñez y juventud que modelaron mi personalidad, fraguaron mi vocación, y porque allí amé, odié, gocé, sufrí y soñé. Lo que en él ocurre me afecta más, me conmueve y exaspera más que lo que sucede en otras partes. No lo he buscado ni me lo he impuesto, simplemente es así. Algunos compatriotas me acusaron de traidor y estuve a punto de perder la ciudadanía cuando, durante la última dictadura, pedí a los gobiernos democráticos del mundo que penalizaran al régimen con sanciones diplomáticas y económicas, como lo he hecho siempre con todas las dictaduras, de cualquier índole, la de Pinochet, la de Fidel Castro, la de los talibanes en Afganistán, la de los imanes de Irán, la del los peruanos no lo permitan– el Perú fuera víctima una vez más de un golpe de estado que aniquilara nuestra frágil democracia. Aquella no fue la acción precipitada y pasional de un resentido, como escribieron algunos polígrafos acostumbrados a juzgar a los demás desde su propia pequeñez. Fue un acto coherente con mi convicción de que una dictadura representa el mal absoluto para un país, una fuente de brutalidad y corrupción y de heridas profundas que tardan mucho en cerrar, envenenan su futuro y crean hábitos y prácticas malsanas que se prolongan a lo largo de las generaciones demorando la reconstrucción democrática. Por eso, las dictaduras deben ser combatidas sin contemplaciones, por todos los medios a nuestro alcance, incluidas las sanciones económicas. Es lamentable que los gobiernos democráticos, en vez de dar el ejemplo, solidarizándose con quienes, como las Damas de Blanco en Cuba, los resistentes venezolanos, o Aung San Suu Kyi y Liu Xiaobo, que se enfrentan con temeridad a las dictaduras que sufren, se muestren a menudo complacientes no con ellos sino con sus verdugos. Aquellos valientes, luchando por su libertad, también luchan por la nuestra.
Un compatriota mío, José María Arguedas, llamó al Perú el país de "todas las sangres". No creo que haya fórmula que lo defina mejor. Eso somos y eso llevamos dentro todos los peruanos, nos guste o no: una suma de tradiciones, razas, creencias y culturas procedentes de los cuatro puntos cardinales. A mí me enorgullece sentirme heredero de las culturas prehispánicas que fabricaron los tejidos y mantos de plumas de Nazca y Paracas y los ceramios mochicas o incas que se exhiben en los mejores museos del mundo, de los constructores de Machu Picchu, el Gran Chimú, Chan Chan, Kuelap, Sipán, las huacas de La Bruja y del Sol y de la Luna, y de los españoles que, con sus alforjas, espadas y caballos, trajeron al Perú a Grecia, Roma, la tradición judeo-cristiana, el Renacimiento, Cervantes, Quevedo y Góngora, y la lengua recia de Castilla que los Andes dulcificaron. Y de que con España llegara también el África con su reciedumbre, su música y su efervescente imaginación a enriquecer la heterogeneidad peruana. Si escarbamos un poco descubrimos que el Perú, como el Aleph de Borges, es en pequeño formato el mundo entero. ¡Qué extraordinario privilegio el de un país que no tiene una identidad porque las tiene todas!
La conquista de América fue cruel y violenta, como todas las conquistas, desde luego, y debemos criticarla, pero sin olvidar, al hacerlo, que quienes cometieron aquellos despojos y crímenes fueron, en gran número, nuestros bisabuelos y tatarabuelos, los españoles que fueron a América y allí se acriollaron, no los que se quedaron en su tierra. Aquellas críticas, para ser justas, deben ser una autocrítica. Porque, al independizarnos de España, hace doscientos años, quienes asumieron el poder en las antiguas colonias, en vez de redimir al indio y hacerle justicia por los antiguos agravios, siguieron explotándolo con tanta codicia y ferocidad como los conquistadores, y, en algunos países, diezmándolo y exterminándolo. Digámoslo con toda claridad: desde hace dos siglos la emancipación de los indígenas es una responsabilidad exclusivamente nuestra y la hemos incumplido. Ella sigue siendo una asignatura pendiente en toda América Latina. No hay una sola excepción a este oprobio y vergüenza.
Quiero a España tanto como al Perú y mi deuda con ella es tan grande como el agradecimiento que le tengo. Si no hubiera sido por España jamás hubiera llegado a esta tribuna, ni a ser un escritor conocido, y tal vez, como tantos colegas desafortunados, andaría en el limbo de los escribidores sin suerte, sin editores, ni premios, ni lectores, cuyo talento acaso –triste consuelo– descubriría algún día la posteridad. En España se publicaron todos mis libros, recibí reconocimientos exagerados, amigos como Carlos Barral y Carmen Balcells y tantos otros se desvivieron porque mis historias tuvieran lectores. Y España me concedió una segunda nacionalidad cuando podía perder la mía. Jamás he sentido la menor incompatibilidad entre ser peruano y tener un pasaporte español porque siempre he sentido que España y el Perú son el anverso y el reverso de una misma cosa, y no sólo en mi pequeña persona, también en realidades esenciales como la historia, la lengua y la cultura.
De todos los años que he vivido en suelo español, recuerdo con fulgor los cinco que pasé en la querida Barcelona a comienzos de los años setenta. La dictadura de Franco estaba todavía en pie y aún fusilaba, pero era ya un fósil en hilachas, y, sobre todo en el campo de la cultura, incapaz de mantener los controles de antaño. Se abrían rendijas y resquicios que la censura no alcanzaba a parchar y por ellas la sociedad española absorbía nuevas ideas, libros, corrientes de pensamiento y valores y formas artísticas hasta entonces prohibidos por subversivos. Ninguna ciudad aprovechó tanto y mejor que Barcelona este comienzo de apertura ni vivió una efervescencia semejante en todos los campos de las ideas y la creación. Se convirtió en la capital cultural de España, el lugar donde había que estar para respirar el anticipo de la libertad que se vendría. Y, en cierto modo, fue también la capital cultural de América Latina por la cantidad de pintores, escritores, editores y artistas procedentes de los países latinoamericanos que allí se instalaron, o iban y venían a Barcelona, porque era donde había que estar si uno quería ser un poeta, novelista, pintor o compositor de nuestro tiempo. Para mí, aquellos fueron unos años inolvidables de compañerismo, amistad, conspiraciones y fecundo trabajo intelectual. Igual que antes París, Barcelona fue una Torre de Babel, una ciudad cosmopolita y universal, donde era estimulante vivir y trabajar, y donde, por primera vez desde los tiempos de la guerra civil, escritores españoles y latinoamericanos se mezclaron y fraternizaron, reconociéndose dueños de una misma tradición y aliados en una empresa común y una certeza: que el final de la dictadura era inminente y que en la España democrática la cultura sería la protagonista principal. Aunque no ocurrió así exactamente, la transición española de la dictadura a la democracia ha sido una de las mejores historias de los tiempos modernos, un ejemplo de como, cuando la sensatez y la racionalidad prevalecen y los adversarios políticos aparcan el sectarismo en favor del bien común, pueden ocurrir hechos tan prodigiosos como los de las novelas del realismo mágico. La transición española del autoritarismo a la libertad, del subdesarrollo a la prosperidad, de una sociedad de contrastes económicos y desigualdades tercermundistas a un país de clases medias, su integración a Europa y su adopción en pocos años de una cultura democrática, ha admirado al mundo entero y disparado la modernización de España. Ha sido para mí una experiencia emocionante y aleccionadora vivirla de muy cerca y a ratos desde dentro. Ojalá que los nacionalismos, plaga incurable del mundo moderno y también de España, no estropeen esta historia feliz.
Detesto toda forma de nacionalismo, ideología –o, más bien, religión– provinciana, de corto vuelo, excluyente, que recorta el horizonte intelectual y disimula en su seno prejuicios étnicos y racistas, pues convierte en valor supremo, en privilegio moral y ontológico, la circunstancia fortuita del lugar de nacimiento. Junto con la religión, el nacionalismo ha sido la causa de las peores carnicerías de la historia, como las de las dos guerras mundiales y la sangría actual del Medio Oriente. Nada ha contribuido tanto como el nacionalismo a que América Latina se haya balcanizado, ensangrentado en insensatas contiendas y litigios y derrochado astronómicos recursos en comprar armas en vez de construir escuelas, bibliotecas y hospitales.
No hay que confundir el nacionalismo de orejeras y su rechazo del "otro", siempre semilla de violencia, con el patriotismo, sentimiento sano y generoso, de amor a la tierra donde uno vio la luz, donde vivieron sus ancestros y se forjaron los primeros sueños, paisaje familiar de geografías, seres queridos y ocurrencias que se convierten en hitos de la memoria y escudos contra la soledad. La patria no son las banderas ni los himnos, ni los discursos apodícticos sobre los héroes emblemáticos, sino un puñado de lugares y personas que pueblan nuestros recuerdos y los tiñen de melancolía, la sensación cálida de que, no importa donde estemos, existe un hogar al que podemos volver.
El Perú es para mí una Arequipa donde nací pero nunca viví, una ciudad que mi madre, mis abuelos y mis tíos me enseñaron a conocer a través de sus recuerdos y añoranzas, porque toda mi tribu familiar, como suelen hacer los arequipeños, se llevó siempre a la Ciudad Blanca con ella en su andariega existencia. Es la Piura del desierto, el algarrobo y el sufrido burrito, al que los piuranos de mi juventud llamaban "el pie ajeno" –lindo y triste apelativo–, donde descubrí que no eran las cigüeñas las que traían los bebes al mundo sino que los fabricaban las parejas haciendo unas barbaridades que eran pecado mortal. Es el Colegio San Miguel y el Teatro Variedades donde por primera vez vi subir al escenario una obrita escrita por mí. Es la esquina de Diego Ferré y Colón, en el Miraflores limeño –la llamábamos el Barrio Alegre–, donde cambié el pantalón corto por el largo, fumé mi primer cigarrillo, aprendí a bailar, a enamorar y a declararme a las chicas. Es la polvorienta y temblorosa redacción del diario La Crónica donde, a mis dieciséis años, velé mis primeras armas de periodista, oficio que, con la literatura, ha ocupado casi toda mi vida y me ha hecho, como los libros, vivir más, conocer mejor el mundo y frecuentar a gente de todas partes y de todos los registros, gente excelente, buena, mala y execrable. Es el Colegio Militar Leoncio Prado, donde aprendí que el Perú no era el pequeño reducto de clase media en el que yo había vivido hasta entonces confinado y protegido, sino un país grande, antiguo, enconado, desigual y sacudido por toda clase de tormentas sociales. Son las células clandestinas de Cahuide en las que con un puñado de sanmarquinos preparábamos la revolución mundial. Y el Perú son mis amigos y amigas del Movimiento Libertad con los que por tres años, entre las bombas, apagones y asesinatos del terrorismo, trabajamos en defensa de la democracia y la cultura de la libertad.El Perú es Patricia, la prima de naricita respingada y carácter indomable con la que tuve la fortuna de casarme hace 45 años y que todavía soporta las manías, neurosis y rabietas que me ayudan a escribir. Sin ella mi vida se hubiera disuelto hace tiempo en un torbellino caótico y no hubieran nacido Álvaro, Gonzalo, Morgana ni los seis nietos que nos prolongan y alegran la existencia. Ella hace todo y todo lo hace bien. Resuelve los problemas, administra la economía, pone orden en el caos, mantiene a raya a los periodistas y a los intrusos, defiende mi tiempo, decide las citas y los viajes, hace y deshace las maletas, y es tan generosa que, hasta cuando cree que me riñe, me hace el mejor de los elogios: "Mario, para lo único que tú sirves es para escribir".
Volvamos a la literatura. El paraíso de la infancia no es para mí un mito literario sino una realidad que viví y gocé en la gran casa familiar de tres patios, en Cochabamba, donde con mis primas y compañeros de colegio podíamos reproducir las historias de Tarzán y de Salgari, y en la Prefectura de Piura, en cuyos entretechos anidaban los murciélagos, sombras silentes que llenaban de misterio las noches estrelladas de esa tierra caliente. En esos años, escribir fue jugar un juego que me celebraba la familia, una gracia que me merecía aplausos, a mí, el nieto, el sobrino, el hijo sin papá, porque mi padre había muerto y estaba en el cielo. Era un señor alto y buen mozo, de uniforme de marino, cuya foto engalanaba mi velador y a la que yo rezaba y besaba antes de dormir. Una mañana piurana, de la que todavía no creo haberme recobrado, mi madre me reveló que aquel caballero, en verdad, estaba vivo. Y que ese mismo día nos iríamos a vivir con él, a Lima. Yo tenía once años y, desde entonces, todo cambió. Perdí la inocencia y descubrí la soledad, la autoridad, la vida adulta y el miedo. Mi salvación fue leer, leer los buenos libros, refugiarme en esos mundos donde vivir era exaltante, intenso, una aventura tras otra, donde podía sentirme libre y volvía a ser feliz. Y fue escribir, a escondidas, como quien se entrega a un vicio inconfensable, a una pasión prohibida. La literatura dejó de ser un juego. Se volvió una manera de resistir la adversidad, de protestar, de rebelarme, de escapar a lo intolerable, mi razón de vivir. Desde entonces y hasta ahora, en todas las circunstancias en que me he sentido abatido o golpeado, a orillas de la desesperación, entregarme en cuerpo y alma a mi trabajo de fabulador ha sido la luz que señala la salida del túnel, la tabla de salvación que lleva al náufrago a la playa.
Aunque me cuesta mucho trabajo y me hace sudar la gota gorda, y, como todo escritor, siento a veces la amenaza de la parálisis, de la sequía de la imaginación, nada me ha hecho gozar en la vida tanto como pasarme los meses y los años construyendo una historia, desde su incierto despuntar, esa imagen que la memoria almacenó de alguna experiencia vivida, que se volvió un desasosiego, un entusiasmo, un fantaseo que germinó luego en un proyecto y en la decisión de intentar convertir esa niebla agitada de fantasmas en una historia. "Escribir es una manera de vivir", dijo Flaubert. Sí, muy cierto, una manera de vivir con ilusión y alegría y un fuego chisporroteante en la cabeza, peleando con las palabras díscolas hasta amaestrarlas, explorando el ancho mundo como un cazador en pos de presas codiciables para alimentar la ficción en ciernes y aplacar ese apetito voraz de toda historia que al crecer quisiera tragarse todas las historias. Llegar a sentir el vértigo al que nos conduce una novela en gestación, cuando toma forma y parece empezar a vivir por cuenta propia, con personajes que se mueven, actúan, piensan, sienten y exigen respeto y consideración, a los que ya no es posible imponer arbitrariamente una conducta, ni privarlos de su libre albedrío sin matarlos, sin que la historia pierda poder de persuasión, es una experiencia que me sigue hechizando como la primera vez, tan plena y vertiginosa como hacer el amor con la mujer amada días, semanas y meses, sin cesar.
Al hablar de la ficción, he hablado mucho de la novela y poco del teatro, otra de sus formas excelsas. Una gran injusticia, desde luego. El teatro fue mi primer amor, desde que, adolescente, vi en el Teatro Segura, de Lima,
La muerte de un viajante, de Arthur Miller, espectáculo que me dejó traspasado de emoción y me precipitó a escribir un drama con incas. Si en la Lima de los cincuenta hubiera habido un movimiento teatral habría sido dramaturgo antes que novelista. No lo había y eso debió orientarme cada vez más hacia la narrativa. Pero mi amor por el teatro nunca cesó, dormitó acurrucado a la sombra de las novelas, como una tentación y una nostalgia, sobre todo cuando veía alguna pieza subyugante. A fines de los setenta, el recuerdo pertinaz de una tía abuela centenaria, la Mamaé, que, en los últimos años de su vida, cortó con la realidad circundante para refugiarse en los recuerdos y la ficción, me sugirió una historia. Y sentí, de manera fatídica, que aquella era una historia para el teatro, que sólo sobre un escenario cobraría la animación y el esplendor de las ficciones logradas. La escribí con el temblor excitado del principiante y gocé tanto viéndola en escena, con Norma Aleandro en el papel de la heroína, que, desde entonces, entre novela y novela, ensayo y ensayo, he reincidido varias veces. Eso sí, nunca imaginé que, a mis setenta años, me subiría (debería decir mejor me arrastraría) a un escenario a actuar. Esa temeraria aventura me hizo vivir por primera vez en carne y hueso el milagro que es, para alguien que se ha pasado la vida escribiendo ficciones, encarnar por unas horas a un personaje de la fantasía, vivir la ficción delante de un público. Nunca podré agradecer bastante a mis queridos amigos, el director Joan Ollé y la actriz Aitana Sánchez Gijón, haberme animado a compartir con ellos esa fantástica experiencia (pese al pánico que la acompañó).
Siempre me ha fascinado imaginar aquella incierta circunstancia en que nuestros antepasados, apenas diferentes todavía del animal, recién nacido el lenguaje que les permitía comunicarse, empezaron, en las cavernas, en torno a las hogueras, en noches hirvientes de amenazas –rayos, truenos, gruñidos de las fieras–, a inventar historias y a contárselas. Aquel fue el momento crucial de nuestro destino, porque, en esas rondas de seres primitivos suspensos por la voz y la fantasía del contador, comenzó la civilización, el largo transcurrir que poco a poco nos humanizaría y nos llevaría a inventar al individuo soberano y a desgajarlo de la tribu, la ciencia, las artes, el derecho, la libertad, a escrutar las entrañas de la naturaleza, del cuerpo humano, del espacio y a viajar a las estrellas. Aquellos cuentos, fábulas, mitos, leyendas, que resonaron por primera vez como una música nueva ante auditorios intimidados por los misterios y peligros de un mundo donde todo era desconocido y peligroso, debieron ser un baño refrescante, un remanso para esos espíritus siempre en el quién vive, para los que existir quería decir apenas comer, guarecerse de los elementos, matar y fornicar. Desde que empezaron a soñar en colectividad, a compartir los sueños, incitados por los contadores de cuentos, dejaron de estar atados a la noria de la supervivencia, un remolino de quehaceres embrutecedores, y su vida se volvió sueño, goce, fantasía y un designio revolucionario: romper aquel confinamiento y cambiar y mejorar, una lucha para aplacar aquellos deseos y ambiciones que en ellos azuzaban las vidas figuradas, y la curiosidad por despejar las incógnitas de que estaba constelado su entorno.
Volvamos a la literatura. El paraíso de la infancia no es para mí un mito literario sino una realidad que viví y gocé en la gran casa familiar de tres patios, en Cochabamba, donde con mis primas y compañeros de colegio podíamos reproducir las historias de Tarzán y de Salgari, y en la Prefectura de Piura, en cuyos entretechos anidaban los murciélagos, sombras silentes que llenaban de misterio las noches estrelladas de esa tierra caliente. En esos años, escribir fue jugar un juego que me celebraba la familia, una gracia que me merecía aplausos, a mí, el nieto, el sobrino, el hijo sin papá, porque mi padre había muerto y estaba en el cielo. Era un señor alto y buen mozo, de uniforme de marino, cuya foto engalanaba mi velador y a la que yo rezaba y besaba antes de dormir. Una mañana piurana, de la que todavía no creo haberme recobrado, mi madre me reveló que aquel caballero, en verdad, estaba vivo. Y que ese mismo día nos iríamos a vivir con él, a Lima. Yo tenía once años y, desde entonces, todo cambió. Perdí la inocencia y descubrí la soledad, la autoridad, la vida adulta y el miedo. Mi salvación fue leer, leer los buenos libros, refugiarme en esos mundos donde vivir era exaltante, intenso, una aventura tras otra, donde podía sentirme libre y volvía a ser feliz. Y fue escribir, a escondidas, como quien se entrega a un vicio inconfensable, a una pasión prohibida. La literatura dejó de ser un juego. Se volvió una manera de resistir la adversidad, de protestar, de rebelarme, de escapar a lo intolerable, mi razón de vivir. Desde entonces y hasta ahora, en todas las circunstancias en que me he sentido abatido o golpeado, a orillas de la desesperación, entregarme en cuerpo y alma a mi trabajo de fabulador ha sido la luz que señala la salida del túnel, la tabla de salvación que lleva al náufrago a la playa.
Aunque me cuesta mucho trabajo y me hace sudar la gota gorda, y, como todo escritor, siento a veces la amenaza de la parálisis, de la sequía de la imaginación, nada me ha hecho gozar en la vida tanto como pasarme los meses y los años construyendo una historia, desde su incierto despuntar, esa imagen que la memoria almacenó de alguna experiencia vivida, que se volvió un desasosiego, un entusiasmo, un fantaseo que germinó luego en un proyecto y en la decisión de intentar convertir esa niebla agitada de fantasmas en una historia. "Escribir es una manera de vivir", dijo Flaubert. Sí, muy cierto, una manera de vivir con ilusión y alegría y un fuego chisporroteante en la cabeza, peleando con las palabras díscolas hasta amaestrarlas, explorando el ancho mundo como un cazador en pos de presas codiciables para alimentar la ficción en ciernes y aplacar ese apetito voraz de toda historia que al crecer quisiera tragarse todas las historias. Llegar a sentir el vértigo al que nos conduce una novela en gestación, cuando toma forma y parece empezar a vivir por cuenta propia, con personajes que se mueven, actúan, piensan, sienten y exigen respeto y consideración, a los que ya no es posible imponer arbitrariamente una conducta, ni privarlos de su libre albedrío sin matarlos, sin que la historia pierda poder de persuasión, es una experiencia que me sigue hechizando como la primera vez, tan plena y vertiginosa como hacer el amor con la mujer amada días, semanas y meses, sin cesar.
Al hablar de la ficción, he hablado mucho de la novela y poco del teatro, otra de sus formas excelsas. Una gran injusticia, desde luego. El teatro fue mi primer amor, desde que, adolescente, vi en el Teatro Segura, de Lima,
La muerte de un viajante, de Arthur Miller, espectáculo que me dejó traspasado de emoción y me precipitó a escribir un drama con incas. Si en la Lima de los cincuenta hubiera habido un movimiento teatral habría sido dramaturgo antes que novelista. No lo había y eso debió orientarme cada vez más hacia la narrativa. Pero mi amor por el teatro nunca cesó, dormitó acurrucado a la sombra de las novelas, como una tentación y una nostalgia, sobre todo cuando veía alguna pieza subyugante. A fines de los setenta, el recuerdo pertinaz de una tía abuela centenaria, la Mamaé, que, en los últimos años de su vida, cortó con la realidad circundante para refugiarse en los recuerdos y la ficción, me sugirió una historia. Y sentí, de manera fatídica, que aquella era una historia para el teatro, que sólo sobre un escenario cobraría la animación y el esplendor de las ficciones logradas. La escribí con el temblor excitado del principiante y gocé tanto viéndola en escena, con Norma Aleandro en el papel de la heroína, que, desde entonces, entre novela y novela, ensayo y ensayo, he reincidido varias veces. Eso sí, nunca imaginé que, a mis setenta años, me subiría (debería decir mejor me arrastraría) a un escenario a actuar. Esa temeraria aventura me hizo vivir por primera vez en carne y hueso el milagro que es, para alguien que se ha pasado la vida escribiendo ficciones, encarnar por unas horas a un personaje de la fantasía, vivir la ficción delante de un público. Nunca podré agradecer bastante a mis queridos amigos, el director Joan Ollé y la actriz Aitana Sánchez Gijón, haberme animado a compartir con ellos esa fantástica experiencia (pese al pánico que la acompañó).
La literatura es una representación falaz de la vida que, sin embargo, nos ayuda a entenderla mejor, a orientarnos por el laberinto en el que nacimos, transcurrimos y morimos. Ella nos desagravia de los reveses y frustraciones que nos inflige la vida verdadera y gracias a ella desciframos, al menos parcialmente, el jeroglífico que suele ser la existencia para la gran mayoría de los seres humanos, principalmente aquellos que alentamos más dudas que certezas, y confesamos nuestra perplejidad ante temas como la trascendencia, el destino individual y colectivo, el alma, el sentido o el sinsentido de la historia, el más acá y el más allá del conocimiento racional.
viernes, 3 de diciembre de 2010
Cuando la inseguridad es lo más seguro
Se me acaba de escarapelar la piel hasta tener miedo hasta de estar en mi propia casa. Mi mirada se ha enchinado al ver en la televisión ese último minuto en el que el presentador nervioso anuncia un asalto poco común en el banco "Continental" de Gamarra en el que - a demás - los delincuentes han tomado rehenes al verse descubiertos. Mi tía Rosa se persigna y mi abuelita se preocupa de sobre manera a pesar de que ellas no tienen nada que ver con el asunto y a pesar de que no les debería de interesar el asunto. Pero les interesa porque es increíble como la inseguridad está hasta dentro de un banco. Y me preocupo porque me siento impotente al no hacer nada para acabar con este mal social en el que el crimen es parte natural de una sociedad artificial.
Temo por mi y por los mios porque no se si Lima se este convirtiendo en el México violentista y criminal en el que se a convertido. Temo porque siempre uno tiene que sentir pánico al ver escenas en las que está en peligro la vida de una persona a manos de otra mal llamada persona. Pienso que son terroristas porque se me hace poco lógico y si muy ilógico que existan personas de la mala vida tan tontas como para prentender asaltar un banco en plena hora punta - aunque hay que reconocer que los ladrones son las personas menos inteligentes del mundo y las más sínicas también - pero mis suposiciones son debilidades mentales y especulaciones propias de mi mente imaginativa.
Mi piel se a escarapelado al ver el último minuto porque ahora uno nunca sabe en que lugar del mundo podrá estar totalmente seguro de la maldad.
Temo por mi y por los mios porque no se si Lima se este convirtiendo en el México violentista y criminal en el que se a convertido. Temo porque siempre uno tiene que sentir pánico al ver escenas en las que está en peligro la vida de una persona a manos de otra mal llamada persona. Pienso que son terroristas porque se me hace poco lógico y si muy ilógico que existan personas de la mala vida tan tontas como para prentender asaltar un banco en plena hora punta - aunque hay que reconocer que los ladrones son las personas menos inteligentes del mundo y las más sínicas también - pero mis suposiciones son debilidades mentales y especulaciones propias de mi mente imaginativa.
Mi piel se a escarapelado al ver el último minuto porque ahora uno nunca sabe en que lugar del mundo podrá estar totalmente seguro de la maldad.
jueves, 2 de diciembre de 2010
A mi madre con cariño
Aurelia está de cumpleaños por eso de que todas las personas del mundo cumplen un año una vez al año. No se se siente vieja y más bien si se siente la persona más joven del mundo - incluso más que yo - porque ella es de las personas que creen ciegamente, sin obsion a operación de la vista, en que uno es joven si se siente joven y no si tiene menos edad que otros.
Se que nunca me alcanzaria la vida que tengo para decirle lo mucho que siento no ser el hijo perfecto que ella hubiera querido tener y nunca me alcanzará la vida para darle gracias por aceptarme con todos mis defectos y mis pocas virtudes. Soy hipócrita y poco noble al escribir sobre ella y al darle más de cinco minutos de mi tiempo cuando generalmente casi nunca tengo tiempo para ella más que para pedirle favores económicos e interesados como si ser su hijo fuera un sacrificio cuando en realidad es una bendición porque mi madre a parte de ser la mamá más buena del mundo - todos dicen que su madre es la más buena del mundo y también todos hacemos nuestra la idea de tener a la única madre más buena del mundo -; es la mujer mas maravillosa del mundo y la martir mas martir de todas las martires.
Su piel empieza a arrugarce pero se siente joven, mis hermanos y yo seguimos envejeciendo pero para ella siempre seremos sus adorables bebés, mi padre deja de ser el hombre fórnido e interesante que conoció pero lo sigue amando como la primera vez.Mi madre es única e incomparable porque sabe tolerar lo intolerable - aunque muchas veces nos aprovechemos de su nobleza - y sabe perdonar con ese amor que la hace especial. Puedo darle mil gracias por no haberme abortado y por no haberse dejado morir en el momento de mi parto con todos los dolores que le causé.
Gracias Aurelia por ser mi madre y por dejar que sea tu hijo. Te amo
Se que nunca me alcanzaria la vida que tengo para decirle lo mucho que siento no ser el hijo perfecto que ella hubiera querido tener y nunca me alcanzará la vida para darle gracias por aceptarme con todos mis defectos y mis pocas virtudes. Soy hipócrita y poco noble al escribir sobre ella y al darle más de cinco minutos de mi tiempo cuando generalmente casi nunca tengo tiempo para ella más que para pedirle favores económicos e interesados como si ser su hijo fuera un sacrificio cuando en realidad es una bendición porque mi madre a parte de ser la mamá más buena del mundo - todos dicen que su madre es la más buena del mundo y también todos hacemos nuestra la idea de tener a la única madre más buena del mundo -; es la mujer mas maravillosa del mundo y la martir mas martir de todas las martires.
Su piel empieza a arrugarce pero se siente joven, mis hermanos y yo seguimos envejeciendo pero para ella siempre seremos sus adorables bebés, mi padre deja de ser el hombre fórnido e interesante que conoció pero lo sigue amando como la primera vez.Mi madre es única e incomparable porque sabe tolerar lo intolerable - aunque muchas veces nos aprovechemos de su nobleza - y sabe perdonar con ese amor que la hace especial. Puedo darle mil gracias por no haberme abortado y por no haberse dejado morir en el momento de mi parto con todos los dolores que le causé.
Gracias Aurelia por ser mi madre y por dejar que sea tu hijo. Te amo
miércoles, 1 de diciembre de 2010
La dama del vagabundo
Acabo de imaginar un futuro con ella. La acabo de ver y ya siento que envejeceré a su lado, siento que moriré a su lado. La acabo de imaginar como madre de mi primer hijo - digo HIJO porque todo hombre quiere tener como primer hijo un varón aunque después la cigüeña se confunda de bebé -.La acabo de soñar despierto como mi esposa, a pesar de que le tengo terror al matrimonio, la acado de idealizar como mi mujer y como la responsable de mis triunfos.
Aún no le pregunto su nombre pero se que se llama July o Julisa o Juliana o Julia (o como sea porque así su nombre sea el más feo del mundo no ensuciaría su imagen pulcra y noble) y se que tiene mi edad y que es soltera y que no tiene más compromiso que su trabajo. Y acabo de idealizar un mundo con ella en el que todo es su sonrisa cristalina y su forma tierna e inocente de pedir las cosas. Y no se por qué me imagino con ella como complemento de mi destino si apenas y la conosco, y no se si esta chica me a enamorado a primera vista o si solo me a impregnado de su imagen cautivadora para demostrarme que es imposible recistirce a sus encantos.
Mira, la miro, nos miramos y todo sigue igual. La he idealizado en mis más ocultas y morbosas fantasías y la he hecho mía a voluntad. Su piel es suave como el algodón y sus labios son el vivo fuego de la pasión; me toca, la toco, nos tocamos a discreción como si la desesperacion fuera nuestra única verdad. He formado un mundo con ella en mi mente y sigo sin saber por qué lo hago.
Aún no le pregunto su nombre pero se que se llama July o Julisa o Juliana o Julia (o como sea porque así su nombre sea el más feo del mundo no ensuciaría su imagen pulcra y noble) y se que tiene mi edad y que es soltera y que no tiene más compromiso que su trabajo. Y acabo de idealizar un mundo con ella en el que todo es su sonrisa cristalina y su forma tierna e inocente de pedir las cosas. Y no se por qué me imagino con ella como complemento de mi destino si apenas y la conosco, y no se si esta chica me a enamorado a primera vista o si solo me a impregnado de su imagen cautivadora para demostrarme que es imposible recistirce a sus encantos.
Mira, la miro, nos miramos y todo sigue igual. La he idealizado en mis más ocultas y morbosas fantasías y la he hecho mía a voluntad. Su piel es suave como el algodón y sus labios son el vivo fuego de la pasión; me toca, la toco, nos tocamos a discreción como si la desesperacion fuera nuestra única verdad. He formado un mundo con ella en mi mente y sigo sin saber por qué lo hago.
miércoles, 24 de noviembre de 2010
Yo soy HANS
Seguramente pensarás que esta nota será exclusivamente pera hablar de mi, que será para hablar de que soy asi, de que soy asá y toda esa mierda (disculpando la groceria) que pensarías quisiera decir de mi...pero NO, no les voy a dar mi biografia ni nada de eso porque te aburria más de lo que seguramente ya estas aburrido con esto de que no se sabe si ALAN GARCIA se canzó de mater patadas y ahora mete CACHETADONES.
El titulo de mi entrada es simple: YO SOY HANS...si, soy Hans, aunque bueno me llamo Luis pero todos me dicen HANS...bueno...CASI TODOS y es por eso que escribo esta nota, porque sincillamente hoy más que nunca quiero decirles a todos: "PERDÓN, DEMORATE UN POQUITO..ME LLAMO HANS" .
En mi hogar me dicen de varias meneras. Mis tias me siguen diciendo BEBITO, o si no me siguen diciendo QUERUBIN o si no HANSITO o si no NENITO y es que algunas tias ven en uno el hijo que nunca pudieron tener por no tener alguien que les haga el favor de embarazarlas.
Sin embargo a pesar de que la mayoria de personas me dice a viva voz el nombre con el que todos me conocen mi abuelita no me dice así, no me dice HANSITO, no me dice BEBITO, no me dice QUERUBINCITO...NO, no me dice asi...ella al igual que mi abuelito se limita a decirme HAN sin terminar la palabrita. Si, me dice HAN, como si no le alcanzaran las fuerzas para terminar con la "S" despues de la N y como si se le hiciera complicado decir 4 letras a pesar que siempre que nos ve con alguna parejita nos dice bien clarito otras CUATRO LETRAS: ni siquiera saben limpiarce el "POTO" y ya piensan en parejitas.
A lo mejor no me dice HANS porque bueno...le tiene bronca a la letra S pero yo siempre le digo, LITA, ME LLAMO HANS y ella me habla en un idioma que no se parece al castellano...o a lo mejor si es castellano pero como le faltan dientes no la entiendo como cuando ella no me entendia cuando yo recien empezaba a aprender a hablar.
En fin...me llamo HANS y ese soy yo
El titulo de mi entrada es simple: YO SOY HANS...si, soy Hans, aunque bueno me llamo Luis pero todos me dicen HANS...bueno...CASI TODOS y es por eso que escribo esta nota, porque sincillamente hoy más que nunca quiero decirles a todos: "PERDÓN, DEMORATE UN POQUITO..ME LLAMO HANS" .
En mi hogar me dicen de varias meneras. Mis tias me siguen diciendo BEBITO, o si no me siguen diciendo QUERUBIN o si no HANSITO o si no NENITO y es que algunas tias ven en uno el hijo que nunca pudieron tener por no tener alguien que les haga el favor de embarazarlas.
Sin embargo a pesar de que la mayoria de personas me dice a viva voz el nombre con el que todos me conocen mi abuelita no me dice así, no me dice HANSITO, no me dice BEBITO, no me dice QUERUBINCITO...NO, no me dice asi...ella al igual que mi abuelito se limita a decirme HAN sin terminar la palabrita. Si, me dice HAN, como si no le alcanzaran las fuerzas para terminar con la "S" despues de la N y como si se le hiciera complicado decir 4 letras a pesar que siempre que nos ve con alguna parejita nos dice bien clarito otras CUATRO LETRAS: ni siquiera saben limpiarce el "POTO" y ya piensan en parejitas.
A lo mejor no me dice HANS porque bueno...le tiene bronca a la letra S pero yo siempre le digo, LITA, ME LLAMO HANS y ella me habla en un idioma que no se parece al castellano...o a lo mejor si es castellano pero como le faltan dientes no la entiendo como cuando ella no me entendia cuando yo recien empezaba a aprender a hablar.
En fin...me llamo HANS y ese soy yo
martes, 23 de noviembre de 2010
Mi tia y sus mil lagrimas de dolor
Mi tia llora. Las lagrimas brotan como estampidas de sus ojos irritados y no hace más que ver el fijo suelo con una mirada perdida que pone en total manifiesto sus vagos reflejos. Está ida de nuestro lado y nosotros estamos a su lado. Los recuerdos la embargan a traición y no deja de arrepentirce y de sentirse sucia y miserable. No deja de sentirse humillada con los puños cerrados y con la respiracion al tope. Pero eso no quita que ella siga aguando sus ojos con el recuerdo del infeliz al que le dió los mejores años de su vida y el cual ahora le ha clavado una estocada mortal en el corazón del tamaño de un obelisco.
-Es un perro y un desgraciado, no tiene perdón, Milagros, no merece que llores por él - dijo la tia Olga poniendole una mano en su hombro-.
- Si, Mily, es un perro...mira que dejarse engatusar nuevamente por esa Bitch, Dios mio...- agregó la tia Rosa compartiendo la tristeza de la agraviada y poniendose en su lugar sabiendo con su marido en cualquier momento podria cambiarla por carne nueva -.
- Siempre me lo negó. - Hace una pausa y continua -. Siempre le pregunté que tenía y porque habia cambido tanto conmigo, siempre y el desgraciado siempre me podia de pretexto su trabajo - hace otra pausa -.
- Claro pues, si la encontró de nuevo en su trabajo, alli seguro que esa mujercita se le volvió a meter por los ojos. - intevinó la tia Olga haciendo gestos de repudio con el rostro.
- Si pues Mily, pero tambien que tarado para engañarte con esa tipeja si lo "adornó" cuando eran novios y ensima ya tiene hijos. Seguro que no le fue bien con su otro marido y por eso buscó al mongolón de Fredy - la tia Rosa siente rabia de ver como su hermana sufre por un mal hombre.
-Me engañó - regresa de su pausa la tia Milagros - con razón cuando lo veia chatear y me acercaba siempre minimizaba sus ventanas del msn, pero yo terca y estupida confiando en él - sigue llorando con retenido orgullo - Cuatro años de relacion se fueron al diablo, cuatro años de supuesto amor por su falta se sinceridad. Rosa, Olga...si hubiese confiando en mi se que hubieramos superado cualquier problema y sin embargo prefirió engañarme. No se lo perdonaré jamás - Termina por decir la tia engañada -.
Sus lagrimas siguen callendo y empiezan a innundar su vida.
-Es un perro y un desgraciado, no tiene perdón, Milagros, no merece que llores por él - dijo la tia Olga poniendole una mano en su hombro-.
- Si, Mily, es un perro...mira que dejarse engatusar nuevamente por esa Bitch, Dios mio...- agregó la tia Rosa compartiendo la tristeza de la agraviada y poniendose en su lugar sabiendo con su marido en cualquier momento podria cambiarla por carne nueva -.
- Siempre me lo negó. - Hace una pausa y continua -. Siempre le pregunté que tenía y porque habia cambido tanto conmigo, siempre y el desgraciado siempre me podia de pretexto su trabajo - hace otra pausa -.
- Claro pues, si la encontró de nuevo en su trabajo, alli seguro que esa mujercita se le volvió a meter por los ojos. - intevinó la tia Olga haciendo gestos de repudio con el rostro.
- Si pues Mily, pero tambien que tarado para engañarte con esa tipeja si lo "adornó" cuando eran novios y ensima ya tiene hijos. Seguro que no le fue bien con su otro marido y por eso buscó al mongolón de Fredy - la tia Rosa siente rabia de ver como su hermana sufre por un mal hombre.
-Me engañó - regresa de su pausa la tia Milagros - con razón cuando lo veia chatear y me acercaba siempre minimizaba sus ventanas del msn, pero yo terca y estupida confiando en él - sigue llorando con retenido orgullo - Cuatro años de relacion se fueron al diablo, cuatro años de supuesto amor por su falta se sinceridad. Rosa, Olga...si hubiese confiando en mi se que hubieramos superado cualquier problema y sin embargo prefirió engañarme. No se lo perdonaré jamás - Termina por decir la tia engañada -.
Sus lagrimas siguen callendo y empiezan a innundar su vida.
lunes, 22 de noviembre de 2010
La realidad de algo que murió
Pues hoy no tengo una idea clara de lo que debería de escribir, un comentario en mi face me a desconectado y es que es la primera vez que mi Ex mejor amiga me escribe algo tan serio en un medio tan público como el facebook porque para ser sinceros con esas breves palabras me a impactado de tal modo que me siento como atropellado por un tren.
Y no es que me importe mucho lo que ella piense porque hace tiempo que asumí que si mis problemas nunca le importaron a mi tampoco me deberían de importar sus problemas porque secillamente me cancé de ser el cándido comprensivo que le comprendia todas sus cosas y que al final resultó no comprenderse a si mismo. Y si es que me importe el hecho de que con esas breves palabras me dijo bien clarito que mientras yo la concideraba mi mejor amiga y la ponía por encima de mis demás mejores amigos ella me concideraba solo un amigo por el cual había adoptado la costumbre de llamarlo mejor amigo y de tratarlo con confianza para que no se sienta mal de no ser retribuido con la misma emoción amical con la que yo le demostraba todo lo que me importaba.
Aunque bueno eso lo comprendí clarito el día que cumplí un año menos de vida y ella no tuvo la delicadeza de saludarme con el pretexto de que fue el peor día de su vida y de que no tuvo celu (Pues a lo mejor si fue el peor día de su vida y a lo mejor de verdad no tuvo celu y a demás no tenia el deber de saludarme pero al menos, creo yo, por respeto a esa amistad de años me hubiese dicho algo, pero a lo mejor sus amigos si tenian celu y a lo mejor su peor día no duró hasta las 11:59pm del 2 de noviembre, total que hasta un correito pudo mandarme y no lo hizo). Pero yo siempre a la dubitativa haciendo a la idea de que siempre hay una explicacion para todo. Y tuvo que mandarme ese comentario a un comentario que le puse a algo que ella puso en mi face para darme cuenta totalmente de que siempre tuve razón al pensar que salir del colegio nos malograría y que nunca debí de creer en sus promesas ni hacer promesas con ella porque ella no cumpliria la mayoría.
Y ahora resulta que termine escribiendo de ese acontecimiento del face y de su comentario de lo que me dio a entender con ese comentario (aunque mi capacidad de comprensión lectora está en falta) sin darme cuenta.
Y no es que me importe mucho lo que ella piense porque hace tiempo que asumí que si mis problemas nunca le importaron a mi tampoco me deberían de importar sus problemas porque secillamente me cancé de ser el cándido comprensivo que le comprendia todas sus cosas y que al final resultó no comprenderse a si mismo. Y si es que me importe el hecho de que con esas breves palabras me dijo bien clarito que mientras yo la concideraba mi mejor amiga y la ponía por encima de mis demás mejores amigos ella me concideraba solo un amigo por el cual había adoptado la costumbre de llamarlo mejor amigo y de tratarlo con confianza para que no se sienta mal de no ser retribuido con la misma emoción amical con la que yo le demostraba todo lo que me importaba.
Aunque bueno eso lo comprendí clarito el día que cumplí un año menos de vida y ella no tuvo la delicadeza de saludarme con el pretexto de que fue el peor día de su vida y de que no tuvo celu (Pues a lo mejor si fue el peor día de su vida y a lo mejor de verdad no tuvo celu y a demás no tenia el deber de saludarme pero al menos, creo yo, por respeto a esa amistad de años me hubiese dicho algo, pero a lo mejor sus amigos si tenian celu y a lo mejor su peor día no duró hasta las 11:59pm del 2 de noviembre, total que hasta un correito pudo mandarme y no lo hizo). Pero yo siempre a la dubitativa haciendo a la idea de que siempre hay una explicacion para todo. Y tuvo que mandarme ese comentario a un comentario que le puse a algo que ella puso en mi face para darme cuenta totalmente de que siempre tuve razón al pensar que salir del colegio nos malograría y que nunca debí de creer en sus promesas ni hacer promesas con ella porque ella no cumpliria la mayoría.
Y ahora resulta que termine escribiendo de ese acontecimiento del face y de su comentario de lo que me dio a entender con ese comentario (aunque mi capacidad de comprensión lectora está en falta) sin darme cuenta.
viernes, 19 de noviembre de 2010
La rebelión de los santos
Su colección de estampitas de personajes espirituales era fantastica. Los habia ordenado por año de canonizacion y por número de milgaros realizados - es para que sepan que me preocupo por darles el lugar que se merecen - me dijo Marcos cuando le pregunté el por qué de sus desmedida desmision de tener tantas fotos trucadas en su velador. - Se que tú no crees en ellos, Hans, pero creeme que los santos, por más poco conocidos que sean, tienen su milagrito bajo el brazo - me siguió diciendo el devoto. - Si claro, si hasta dicen que ese tal Chacalon cumple milagros...- le respondí yo - y eso que no está canonizado ni por el párroco de su barrio jajaja - terminé con mi risita estupidamente sarcástica mientras él me decia que yo me podria burlar todo lo que quisiera pero que eso no cambiaria su fe en los santos y que eso no cambiaria su afán coleccionista ni sus costumbres adoraistas ni nada de lo que el habia cultivado siempre.
Y esque Marcos habrá sido muy inteligente pero también era muy ingenuo y siempre le atribuyó un milagro a un santo hasta por sanarse de una fiebre - cuando en realidad le deberia de haber prendido unas velitas al doctor y hasta a los medicamentos.
Hasta que un día su madre, la señora Begoña, enfermó terriblemente. Ella vivia con él en la pensión de la señora Carolina, a unas cuadras de mi casa en una casa muy bonita y a la cual la luz del sol alumbraba para llenarla de vida y de alegria; y esque estaba hubicada en un lugar muy atractivo. Marcos empezó por hacer eso que siempre hizo en momentos de angustia: prenderle una velita a todos sus santos, en orden de canonización y por número de milagros concedidos. - Tú sabes que no rezo, pero por tratarse una persona a la cual estimo tanto lo haré, Marcos, ya verás que todo saldrá bien - le dije para darle ánimos antes de despedirme de él en la clínica.
Fue una de las noches más largas que recuerde y Marcos la pasó acompañando a su madre y resandole a sus santos y golpeandose el pecho y queriendo ser Dios. A la mañana Marcos estaba debastado, ni sus rezos ni los mios dieron resultado. Su madre habia dejado de existir por eso de que la vida no es eterna. En la tarde la pensión en la que vivian no era visitada por los rayos del sol asi que ya no se veia llena de vida y alegria si no de todo lo contario.
Y esque Marcos habrá sido muy inteligente pero también era muy ingenuo y siempre le atribuyó un milagro a un santo hasta por sanarse de una fiebre - cuando en realidad le deberia de haber prendido unas velitas al doctor y hasta a los medicamentos.
Hasta que un día su madre, la señora Begoña, enfermó terriblemente. Ella vivia con él en la pensión de la señora Carolina, a unas cuadras de mi casa en una casa muy bonita y a la cual la luz del sol alumbraba para llenarla de vida y de alegria; y esque estaba hubicada en un lugar muy atractivo. Marcos empezó por hacer eso que siempre hizo en momentos de angustia: prenderle una velita a todos sus santos, en orden de canonización y por número de milagros concedidos. - Tú sabes que no rezo, pero por tratarse una persona a la cual estimo tanto lo haré, Marcos, ya verás que todo saldrá bien - le dije para darle ánimos antes de despedirme de él en la clínica.
Fue una de las noches más largas que recuerde y Marcos la pasó acompañando a su madre y resandole a sus santos y golpeandose el pecho y queriendo ser Dios. A la mañana Marcos estaba debastado, ni sus rezos ni los mios dieron resultado. Su madre habia dejado de existir por eso de que la vida no es eterna. En la tarde la pensión en la que vivian no era visitada por los rayos del sol asi que ya no se veia llena de vida y alegria si no de todo lo contario.
jueves, 18 de noviembre de 2010
La licuadora de Aurelia
Aurelia es mi madre y yo soy su hijo. Siempre me dijo que yo fui el que más dolores le causé en el parto y que nunca me llegó a odiar por sacarle tantas canas porque me ama y me quiere y porque siempre seré su bebe al igual que mis demás hermanos - a los cuales quiero como si fueran mis hermanastros -.
Siempre me tuvo tolerancia y siempre supo comprender mis metidas de pata y mis tonterias y mis desmanes porque su amor de madre era tan grande que serviria para cubrir a la tierra en cazo la capa de ozono se hechara a perder por completo.
Pero ahora tengo muchas dudas en si mi madre será igual de complaciente conmigo, sobre todo si se entera de lo que le pasó a su tan amada licuadora - con eso de que todas las personas tienen un objeto al cual amar -, y esque acabo de descomponer en un acto de irresposabilidad el regalo tan preciado que le hizo una tia mia que seria como mi tia abuela y que la crió desde niña cuando sus padres, o sea mis abuelos, decidieron salir de viaje. Y esque esa licuadora a parte de tener un valor monetario muy atractivo, tiene un valor sentimental un trillon de veces más atractivo. - Si, ya se que puedo mandar a arreglarla - Lamentablemente no puedo mandar a arreglarla porque no se donde arreglan licuadoras malogradas. Si tan solo no la hubiese usado como juguete y hubiera cambiado de velocidades tantas veces tal vez no estaria escribiendo esta entrada.
Mi tia abuela esta en sus ultimos dias de vida - o en sus ultimos minutos (9,8,7,6...) y si se entera de lo que le pasó a esa licuadora, la cual mi madre siempre se encargó de enaltecerle como el mejor regalo que habia recibido en su vida - mandando al diablo los supuestos mejores regalos que le habiamos hecho en casa -estoy seguro que le daria un patatus de esos que terminan en el panteón.
Solo espero que a mi madre se le caiga por accidente la licuadora para decirle que se malogro por SU CULPA y no por la mia..porque si no al que van a licuar es a mi.
......
Siempre me tuvo tolerancia y siempre supo comprender mis metidas de pata y mis tonterias y mis desmanes porque su amor de madre era tan grande que serviria para cubrir a la tierra en cazo la capa de ozono se hechara a perder por completo.
Pero ahora tengo muchas dudas en si mi madre será igual de complaciente conmigo, sobre todo si se entera de lo que le pasó a su tan amada licuadora - con eso de que todas las personas tienen un objeto al cual amar -, y esque acabo de descomponer en un acto de irresposabilidad el regalo tan preciado que le hizo una tia mia que seria como mi tia abuela y que la crió desde niña cuando sus padres, o sea mis abuelos, decidieron salir de viaje. Y esque esa licuadora a parte de tener un valor monetario muy atractivo, tiene un valor sentimental un trillon de veces más atractivo. - Si, ya se que puedo mandar a arreglarla - Lamentablemente no puedo mandar a arreglarla porque no se donde arreglan licuadoras malogradas. Si tan solo no la hubiese usado como juguete y hubiera cambiado de velocidades tantas veces tal vez no estaria escribiendo esta entrada.
Mi tia abuela esta en sus ultimos dias de vida - o en sus ultimos minutos (9,8,7,6...) y si se entera de lo que le pasó a esa licuadora, la cual mi madre siempre se encargó de enaltecerle como el mejor regalo que habia recibido en su vida - mandando al diablo los supuestos mejores regalos que le habiamos hecho en casa -estoy seguro que le daria un patatus de esos que terminan en el panteón.
Solo espero que a mi madre se le caiga por accidente la licuadora para decirle que se malogro por SU CULPA y no por la mia..porque si no al que van a licuar es a mi.
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