lunes, 27 de diciembre de 2010

La vida que valia menos de cinco soles

Cuando salgo de casa mamá me dice que me cuide mucho y que tenga cuidado porque en la calle todo está peligrosamente peligroso. Pero a veces no nos damos cuenta de que los peligros se encuentran presente en todo lo que nos rodea como complemento perfecto de nuestra vida.

Hace unos meses entré a trabajar a un Mini Market porque ya estaba cansado de que mis padres me recuerden siempre que ya iba siendo hora de que me ocupe en algo para quitar de mi esa estampa de vago profesional cuando en realidad yo solo era un vago aficionado. No pondré el nombre del lugar en el que trabajo para no hacerles publicidad y porque lo que me pagan es una miseria miserable que solo me alcanza para respirar y darle respiro a mis padres como para promocionarlos gratis. Mi ocupaciones es sencilla: atender al público - como un vendedor bonachón - y encargarme de mantener mi sección - que es casi todo el lugar - en completo orden. Y hago todo  eso en contra de mis principios y por pura necesidad de cayar a mis progenitores porque, sépanlo, siempre he detestado la atención al público por eso de que la mayoría nunca esta contenta con lo que uno les ofrece y porque siempre tienen un por qué difícil de contestar.

Siempre he sentido que mi vida vale mucho, y así me lo hicieron creer las personas con las que tengo una relación amical las veces que puedo tener relaciones amicales físicas por eso de que ahora con la maravilla de la internet uno puedo relacionarce hasta con los muertos. -Hans, tú vales mucho - me decia Aurelia cuando era niño y me lo dijo conforme fui creciendo. Sin embargo, hoy todo el vales mucho se perdió en unos minutos cronometrados cuando un andamio mal puesto y lleno de bebidas de plástico y de vidrio se me vino encima cuando acomodaba las botellas por tamaños y precios. - Las más grandes arriba - me decía siempre el jefe con esa voz autoritaria que a mi me daba risa porque su voz a parte de ser autoritaria era de lo mas chillona posible. Y ese fue el error matemático que yo advertí pero que a la vez ignoré: que el peso de las botellas más grandes inclinó el andamio unos grados hacia abajo haciendo que sediera gracias a que existe la gravedad. Y terminó por caerce en un efecto dominó que si no fuera por mi un reflejo de protección propia no la contaría, y es que, al darme cuenta de que la ola de botellas se me venia encima recordé algunas clases de física que nunca entendí y actué como nunca entendi para detener con mis manos las vigas del andamio y con mi cabeza amortiguar la caída de algunas botellas de plástico, las cuales a su vez por haber caído primero amortiguaron la caída de las botellas de vidrio haciendo menor la destrucción.

Todo pasó, las botellas en el piso, yo sosteniendo el andamio para que no caiga sobre la congeladora, el jefe entrando a ver lo sucedido, su hija persignandose y otra vez yo ahora preguntándome a qué hora me ayudarían y dejarían de preguntar que qué era lo que había pasado cuando era tan evidente. Todo terminó, solo me preguntaron si estaba bien y cerramos el mini market que afortunadamente en el momento de lo sucedido estaba vacío. Y mientras recogíamos todo a la velocidad de la luz los jefes se lamentaban por las cuantas botellas que se hecharon a perder mientras nadie se lamentaba por mi. Y es que hoy he comprendido que mi vida vale menos de cinco soles

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